Mujeres a las armas

//Por: Ana Alicia Osorio//

//Imágenes: Iván Sánchez// 

Desde su bolsa rosa saca la pistola calibre 22 que siempre carga consigo. Jamás sale sin ella. En el momento en que la delincuencia organizada se apoderó de la zona donde vive, se convenció que esa arma podría salvarle la vida o generar suficiente ruido para que alguien más lo haga. 

Ella sabe bien lo que puede hacer la delincuencia, lo vivió en carne propia cuando se llevaron a su hermano desde el taller donde trabajaba o cuando el resto de su familia se mudó desde el pueblo de Santiago Sochiapan, al sur de Veracruz, donde vivían. 

De ella no se puede dar el nombre, teme por su vida si denuncia o si algún integrante del grupo criminal que acecha la región se entera que forma parte de la policía comunitaria (Pueblos Unidos Contra la Delincuencia), un grupo de autodefensa que surgió para ahuyentar a los cárteles del narcotráfico que se han dedicado a desaparecer, secuestrar y extorsionar personas. 

“Nos hicieron el llamado y a mi me pareció (…) por ese motivo que desaparecieron a mi hermano y por estar harta de la inseguridad que hay, uno ya no está a gusto, sus hijos ya no salen como antes ni a la escuela, todo el tiempo tenemos miedo de que ya no regresen”, sentencia. 

Armarse o morir 

Mientras la pistola gris aun está semi escondida en la bolsa de mano que celosamente guarda todo el tiempo bajo su hombro, le platica a sus vecinas la forma en que se empuña. Otras coinciden en que deberán también traer las suyas. 

Minutos antes, una mujer de 80 y tantos años, ya había mostrado orgullosa la que porta en la cintura y sin la que no sale de su casa.

La pistola corta posa en sus manos cuando ella cuenta la forma en que un “halcón” (persona de la delincuencia organizada dedicaba a observar y avisar los movimientos) se asentó en su negocio de comida. 

Señala unas láminas abandonadas y rotas y recuerda los guisos que hacía allí, antes de que el sitio fuera utilizado como punto de reunión por el halcón y sus amigos. 

La voz se le llena de rabia cuando narra la forma en que tuvo que cerrar el negocio al que tantos años le dedicó, cuando el miedo fue creciendo. 

El halcón se fue cuando en el pueblo se levantaron las autodefensas, pero el negocio ya cerró, ahora no puede trabajar y se mantiene con lo poco o mucho que sus hijos le pueden dar. Ahora, solo puede cargar con su pistola calibre 22 en una mano y un palo en la otra, por si se llegara a necesitar. 

El estado de Veracruz ha sido azotado por la delincuencia y las mujeres no han sido la excepción. Además de que la entidad encabeza las estadísticas en delitos de género, también lo hace en otros delitos cometidos contra mujeres. 

Por ejemplo, entre enero y noviembre del 2019, 214 mujeres denunciaron ser víctimas de extorsión en Veracruz (cuarto lugar en el país en números netos) y en el mismo periodo 84 denunciaron ser víctimas de secuestro (primer lugar), según el informe sobre violencia contra las mujeres del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. 

El papel en las autodefensas 

En zonas como Santiago Sochiapan (un municipio de la zona sur colindante con Oaxaca), donde la gente se levantó en armas, no existen estadísticas de los delitos de los que ellas han sido víctimas, puesto que no son denunciados por el temor que tienen. 

“En espacios donde el narcotráfico y el crimen organizado controlan vastos espacios comunitarios, que esta situación aumenta la gravedad de los hechos violentos y los asesinatos de mujeres, al mismo tiempo que disminuye la denuncia por parte de los familiares de mujeres asesinadas por el temor de que sus hijas-víctimas sean asociadas con estas organizaciones criminales”, señala el artículo Crimen organizado y violencia contra las mujeres: discurso oficial y percepción ciudadana en la Revista mexicana de sociología.

De la violencia a la esperanza 

No nos vamos a dejar, así nos vayamos a morir aquí no nos vamos a dejar porque ya no confiamos en nadie”, le grita una mujer a un elemento del Ejército que llegó a verificar un reporte de personas armadas. 

Quienes estaban armados eran los autodefensas. Mientras los hombre patrullaban, a las mujeres les tocaba hacer labores típicas de su rol: cocinar, echar tortillas, organizar la logística de una reunión

Así las mujeres cambian entre el fogón y los radios portátiles para monitorear la situación en todo el municipio. 

Mientras intentan protegerse con las armas cortas que traen consigo, cuentan las historias de terror que han vivido en sus tierras y lo que han tenido que aguantar ante el embate de la delincuencia. 

“Una vez a mis hijos por equivocación los quisieron agarrar a los dos, armados lo subieron al carro y yo llorándole que mis hijos no debían nada, ellos estudiaban, eran estudiantes y ahorita que pasó eso pues me los dejaron (…) yo me fui seis meses, ya regresé porque aquí está nuestra vida y nosotros vamos a apoyar al pueblo y tenemos que apoyar al pueblo porque somos de aquí”, cuenta una de ellas. 

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