Tortura sexual en Veracruz: una realidad

ANA ALICIA OSORIO

***La entrevista a Claudia Medina fue realizada hace un par de años, cuando aún se debatía su libertad, ahora ya está exonerada.

¿Cómo vivir cuando tu mayor miedo son los elementos de las corporaciones que deberían darte seguridad? ¿Podrías ir por la calle, ver patrullas y seguir caminando normal cuando ellos te detuvieron, lastimaron y acusaron de delitos que no cometiste? ¿Cómo sobreponerse a los golpes, violaciones y todo tipo de torturas que te hicieron las personas que deberían cuidarte?

Esa es la vida de Claudia Medina Tamariz quien en 2012 fue detenida injustamente y sometida a un sin número de arbitrariedades por Marinos, los que años después le siguen provocando temor por los abusos físicos y sexuales que vivió.

Aun cuando vivió más de tres años en libertad bajo caución, por las noches miraba por las ventanas llena de miedo esperando que en ningún momento volvieran a aparecer los marinos a llevársela. La puerta de su cuarto que rompieron los elementos cuando ingresaron por la fuerza la dejó destrozada aguardando que algún día las autoridades evaluaran los daños que le ocasionaron. Ella no podía salir a la calle sin que un temor la envolviera por completo.

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Presentar una denuncia por abuso sexual …. 

Ana Alicia Osorio

“Tanto trabajo para qué si no va a identificar al sujeto”, escuchó una joven las burlonas palabras de la Fiscal Especializada en Delitos contra las Mujeres cuando fue a presentar una denuncia.

Horas antes ella había sido abusada sexualmente, por un hombre al que no conoce. La multitud de un camión urbano quedó callada ante el toqueteo sin consentimiento de un señor, a una joven con uniforme escolar.

Después pasó por autoridades poco capacitadas, horas de espera y un sin fin de fallas. Se sumó la mala actitud de la Fiscal, quien debiera conocer cómo atender a mujeres en esas situaciones, para que dudara sobre el proceso que siguieron para presentar la denuncia.

Más de 20 minutos tuvieron que pasar desde que llegó a la escuela y una maestra llamó a la Policía para que las autoridades acudieran. Al menos dos horas en la Fiscalía para presentar su denuncia, y que el policía cambiara su reporte porque consideró más importante que el abusador se llevara su celular, a pesar que las maestras le advirtieron su error.

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Gaby no murió, la asesinaron

Ana Alicia Osorio

Gaby no murió. A Gaby la asesinaron. La asesinó su expareja, que creía tener derecho sobre ella. La asesinó la indiferencia de los funcionarios que debieron llevar su caso. La asesinó un hospital irresponsable que no la atendió como debía. La asesinaron todos los que no hicieron lo posible para evitar su muerte.

Ella no sabía sus derechos, ni de leyes. En la cama que la dejó el golpe en la cervical que le dio el boxeador con el que vivía, poco preguntaba. Sin presión, la Fiscalía General del Estado demoró tres meses en presentar el caso ante un juez para pedir que se detuviera a quien la había dejado así y los protocolos nunca los cumplió. Aun casi ocho meses después y con Gaby muerta, no hay culpable detenido.

Pasó seis meses de dolor, sin poder mover más que una mano, con úlceras formándose en las piernas y la cadera que dejaban ver hasta el hueso. Un día no supo más. Murió sin ver a su agresor detenido, murió sin tener justicia a pesar de que fue la esperanza que la alentó a denunciar, aunque fuera tarde.

Cuando recibí el mensaje de su vecina, la única persona que la cuidaba, diciéndome que Gaby había muerto pensé como todo lo que podría haber sido distinto, todo cuanto hubiera cambiado si a ella hubieran  dicho  sus derechos, si hubiera denunciado la violencia familiar cuando empezó,  si hubiera confiado en que no habría impunidad, si los vecinos hubieran llamado a la Fiscalía antes, si las autoridades hubieran actuado. Si hubiera escuchado de  las leyes y se hubieran cumplido.

El día que conocí a Gaby en la cama del hospital, con un collarín rígido y sin poder moverse, me dejó muy en claro: nunca antes denunció la violencia que vivía porque no creía en la justicia.

Para ese día, ella ya había estado tres meses en la cama y se notaba cansada pero esperanzada que por fin podría rehacer su vida sin su agresor. Alguien le había donado la placa de más de 40 mil pesos que necesitaba y que le impedía avanzar su tratamiento.

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