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Un reencuentro inesperado 

//Por: Ana Alicia Osorio//

Un grito estruendoso se escucha en el hotel donde la Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos dormirá en Villahermosa. Todas corren a ver qué es lo que sucede. Se oye mucho ruido y llanto. 

Las personas corren de un lado a otro, muchas se preocupan. Algunas dan gracias a Dios. Se escucha un rumor, a una de las integrantes de la caravana le acaba de hablar su hermana, a quien buscaba desde hace 10 años. 

De pronto todas piden silencio. Las personas que coordinan la caravana entran al cuarto donde ella está y pasan unos minutos. 

Cuando sale su cara de felicidad brilla a la distancia. El milagro se hizo realidad: su hermana vio que la buscaban y logró comunicarse a Honduras, de donde ambas son, hasta que alguien le dio el número de ella que recorre México. 

“Negra” fue la palabra que escuchó del otro lado del teléfono que le hizo convencerse que no era una broma, solo su hermana le dice así, solo ellas lo saben. 

Todas lloran. Unas de felicidad al darse cuenta que la caravana, el recorrido tan largo que han hecho, da resultados; otras porque esperan algún día estar en ese lugar y que sus hijos, hermanos, seres queridos, les llamen desde el lugar donde se encuentren. 

Ella toma la voz y explica la situación; no es sencilla, su hermana tiene un problema de seguridad y por eso ninguno de los dos nombres pueden mencionarse, los medios de comunicación no pueden estar presentes el reencuentro, las preguntas deben ser pocas. Pero eso no opaca la realidad: la encontró. 

Algunos kilómetros atrás a ella le habían rodado las lágrimas cuando salió del penal en Chiapas, pues aunque sabía que encontrar a su hermana no sería fácil era el primer lugar en donde buscaba, en su primera caravana a México. 

Pasaron unas horas que para ella fueron eternas. Muchas llamadas por teléfono. 

En la mañana, la hermana, esa mujer a quien tanto extrañaron y que no podía comunicarse con ellos, llegó hasta el hotel donde toda la Caravana se hospedaba. Toda la noche viajó hasta el lugar donde sabía estaba su hermana y el abrazo se concretó. 

Al otro lado del teléfono los hijos pudieron volver a hablar con su mamá desaparecida en su paso por México. Ambos ya adolescentes y de quien su tía se hizo cargo de llevar a la escuela, dar de comer, cuidar, convirtiéndose en su mamá interina. 

Por ellos fue que ella decidió unirse a la caravana. 

“Les prometí que les daría noticias de su mamá”, contaba una y otra vez. Lo logró. No solo son noticias, ellos pudieron verla a través del teléfono y decir todas esas palabras de cariño que tuvieron guardadas tanto tiempo. 

El reencuentro dura poco, solo un día. Ella debe volver al lugar donde vive en México, pero ya con la posibilidad de comunicarse con su familia: los números de teléfono, el WhatsApp por el que llamarán todo el tiempo. 

Ella, en cambio, sigue el recorrido por México, muestra fotos pero ya no la de su hermana, ayuda a las demás. 

Para todas, el reencuentro es una batería adicional que ayuda al alma y que da fe en que algún día lograrán ver a sus seres queridos, sin importar que sea en otro viaje que deban hacer el siguiente año, o el siguiente. 

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Del dolor a la lucha

//Por: Ana Alicia Osorio//

Su paso es lento pero decidido. Su voz es tenue pero certera. En la búsqueda ha encontrado fortaleza, conocimientos y la forma de hacer escuchar las exigencias que por años guardó en su corazón. 

María Hernández Torres tiene 21 años y se dedica al trabajo doméstico tanto ajeno como en su propia casa, por lo que todos los días a las 5:30 de la mañana debe estar en la vivienda donde trabaja para sus labores y al terminar trasladarse a la suya para atender a sus dos hijos, aunque en unos cuantos meses serán tres. 

Cuando su hermano Juan Hernández Torres le dijo que se iba a Estados Unidos ella tenía apenas 10 años, la esperanza de todos es que con el dinero que él lograra María y sus hermanas estudiarían.

Pero ella y su familia en la frontera de Guatemala con México, se quedaron esperando volver a saber del hermano mayor, el sustento de la familia, quien se convirtió en uno más de los desaparecidos al momento de migrar. 

María solo tuvo recursos para estudiar hasta tercero de primaria, pero fue suficiente para aprender el español que ahora combina con su lengua chuj y los escasos conocimientos de otras lenguas indígenas que habla su mamá.

Ella, desde que su hermano desapareció sabía que tenía que comenzar a buscar, pero desconocía la forma en que podía hacerle. Por eso hace siete meses cuando les contaron de una organización que les podía ayudar no dudó. 

“Desde que era una niña tuve la decisión de que algún día podía ir a buscar a mi hermano y darle la felicidad a mi mamá porque ella se siente triste (…) mi papá participó una vez y como no podía seguir él se quería salir y yo le dije ‘si no puedes, yo puedo’”, contó. 

El Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial (ECAP) la involucró con la Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos y ahora María recorre México, grita, alza la voz. 

Desaparecidos

María Hernández Torres ayuda a los migrantes, traduciendo de chuj a español

En los siete meses que se ha involucrado en el activismo ha conocido del tema de la migración y ahora busca seguirse preparando para intentar hacer un cambio en la materia, sin perder su objetivo inicial: encontrar a su hermano y al resto de las personas desaparecidas.

“Cuando estoy en mi casa estoy viendo a mi familia, a mi mamá llorando y mis hermanas tristes, me hace sentir demasiado triste pero cuando salgo, en las reuniones que yo hago ahí se ríen, se divierten, aprender muchas cosas me ha hecho sentir bien”, narró.

María se siente cómoda usando sus idiomas para comunicarse con las personas de su región que va encontrando en el camino, preguntarles por su vida y sus necesidades, pedirles ayuda en la búsqueda. Pero también lo hace frente a las cámaras de medios de comunicación internacionales para denunciar las injusticias que se viven en su país de origen y en México. 

Ahora forma parte de una red internacional de mujeres que buscan migrantes desaparecidos, que agrupa personas de diversas parte del mundo. Sus conocimientos podrán ser compartidos con personas de Senegal o Túnez, por ejemplo, y ella aprenderá de las demás. 

Su historia es muy similar a otras mujeres que conforman la Caravana y que se han empoderado para hacer la búsqueda, que continuamente deberían hacer las autoridades. 

Marcela Melchor Ramos, es otra de las buscadoras. En su lucha por encontrar a su hermana Isabel, desaparecidas hace 10 años, ha convertido el dolor en el trabajo organizado entre mujeres que siempre ha perseguido.

buscadora

Marcela Melchor Ramos aprovecha la búsqueda para organizarse con otras mujeres

Ella también es de Guatemala, de San Pablo perteneciente al municipio de Ixcán; habla achí pero aprendió español para comunicarse con su ahora esposo. 

Durante años trabajó con organizaciones de mujeres como la de víctimas de los ochentas en su tierra natal o el mercado de comida que ahora dirige y que dejó un par de semanas para poder viajar a México. 

Hace seis años era líder de su pueblo (alcaldesa le llaman, aunque depende del alcalde del municipio) por lo que la historia de su hermana era conocida por muchas personas y alguien la invitó a unirse a los grupos de búsqueda. 

“Nos abrieron las puertas y seguimos metiéndonos y metiéndonos (…) ahorita que estamos reunidas como madres nos sentimos unidas, siento que me están levantando el ánimo de salir adelante y nos sentimos felices pero hay momentos donde nos tocan el corazón”, afirmó. 

Migrar, la última oportunidad

//Por: Ana Alicia Osorio//

Vivió 12 años de violaciones. 12 años donde los pandilleros tocaban a su puerta a cualquier hora, cualquier día, para despertarla, para violarla una y otra vez. 

12 años de terror que terminaron el día en que se levantó a las 3 de la mañana, dejó a sus hijas e hijo y partió rumbo a México para nunca regresar. 

Ella no puede dar su nombre, el sólo hacerlo siente que la pone en riesgo. Ella, a sus 36 años, está en un albergue en un punto de la ruta migratoria, esperando algún documento que la deje volver a empezar en México. 

Ella vivía en un lugar de Honduras controlado por las pandillas, tanto que se apropian de las casas y las personas a su gusto. De hecho, lo único que ha logrado ella saber de su hogar tras partir, es que ahora les pertenece a ellos y que su negocio de comidas se convirtió en un punto de venta de alcohol y drogas.

Su vida de terror comenzó a los 15 años cuando sobrevivió a la violación sexual de uno de sus cuñados y al acusarlo con su familia encontró amenazas para persuadirla de denunciar. 

Entonces decidió casarse, se lo pidió a un novio que tenía, para poder salir de su casa en donde estaba expuesta a volver a ser víctima de violencia sexual. 

Estudió enfermería pero nunca pudo ejercerlo por la falta de empleo. 

Esos años pudo descansar. Tuvo dos hijas, un hijo y por única ocasión de su vida relaciones sexuales por gusto.

Pero cuando su matrimonio no funcionó, se convirtió en un objeto sexual de las pandillas. México es su oportunidad de volver a ser persona. 

“Yo ya no dormía. Estos días he podido volver a dormir. Llegaban a cualquier hora. A veces en la casa, a veces me llevaban al monte”, contó entre susurros, entre lágrimas. 

“Si estaba en mis días me decían que no importaba”, añadió, para decir que fue violada de todas las formas posibles. 

Rubén Figueroa, integrante del Movimiento Migrante Mesoamericano, explicó que la migración para mujeres y hombres es distinta, pues ellas muchas veces buscan salir de la violencia sexual o familiar que viven. 

Sobrevivir y luchar 

Eva Ramírez, integrante de Comité Amor y Fe de Tegucigalpa, aseguró que es frecuente que las mujeres se conviertan en un objeto sexual para las pandillas, tanto que en muchas ocasiones las jóvenes son “pedidas” a sus familias bajo riesgo de morir. 

“Tienes una hija bonita y si el jefe te dice que se la des, se la tienes que dar o huir. Porque sino tu hija, es hija muerta”, contó. 

Por eso, dijo, quienes tienen las posibilidades económicas exilian a sus hijas en cuanto comienzan la adolescencia. 

“Me contaba un joven que tuvo que huir que le dijeron me vas a dar tus dos hijas. Dile a tu mujer que nos la mande, sino los vamos a matar. Él se vino y a la esposa la mandó a la montaña”, narró. 

Ella pidió refugio en México, con la esperanza de poderse establecer y trabajar, al igual que ya lo obtuvieron 118 mujeres de Honduras lograron llegar al país entre enero y septiembre de este año, según el Boletín de Estadísticas Migratorias del Gobierno Federal. 

Dicho documento señala que su país solo es superado en la entrega de “residente permanente por reconocimiento de refugio” de mujeres por Venezuela y El Salvador.

En total este año se habían entregado 341 refugios a mujeres de América Central (además de los 321 hombres), sin embargo la cifra no refleja lo que ha sucedido con el éxodo de aquellos países ya que se encuentra retrasada. Además, tampoco indica cuantas mujeres sintieron la necesidad de pedirlo pero no les fue entregado. 

Volver no es opción 

Ella pensaba en escapar, en huir, en dejar de vivir eso, pero no sabía cómo hacerle. 

Si denunciaba, la amenazaron, matarían a su hija e hijo menores y la más grande, de 15 años que ya está casada, pasaría a ocupar su lugar para ser violada una y otra vez. 

Ella intentó suicidarse. Pero no lo logró. Entonces supo que tenía que buscar una forma de salir de esa vida. 

Una persona cercana le dijo que se iría rumbo a México. Supo que era su salida. Le entregó a sus hijas a su ex esposo.

Salió de madrugada, sin más pertenencias que la ropa que llevaba puesta. Dejó a su hijo dormido y sin despedirse.

Volver no es opción, dijo, la matarían. 

Empezó el viaje unos días antes del éxodo centroamericano en el que migran cerca de 7 mil personas, a las cuales aseguró que entiende su intento de salir pues a su experiencia la situación en Honduras es muy difícil. 

Ahora espera conseguir refugio en México y trabajar. Quizá, con suerte, espera, algún día pueda llamar a la que fue su casa y buscar los medios para que su hijo e hijas la alcancen en el país. 

La otra cara de la búsqueda

//Por: Ana Alicia Osorio// 

Una cumbia suena y uno de los reporteros que acompaña la Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos no duda en sacar a una de las integrantes a bailar. 

Pronto muchas lucen sus pasos a medio salón, tanto que las mesas donde les dieron de cenar las voluntarias religiosas de Atitaquila en Hidalgo, deben moverse para hacer espacio.

Los aplausos y el “eh – eh-eh” pasan de la cumbia, a la víbora de la mar, al no rompas más que solo saben bailar las y los mexicanos. Ellas bailan, muchas con las fotos de sus seres queridos colgadas en el pecho, muy cerquita de su corazón. 

A algunas se les olvidan los golpes que traen en las rodillas producto del viaje, o las ampollas que se les reventaron en las manos por cargar maletas entre hoteles y albergues. 

Por unos minutos logran distraerse del dolor físico y emocional que sienten, del cansancio de la semana de viaje. Pero la felicidad es efímera y cuando se despiden del sacerdote para irse a dormir al refugio, éste les cuenta de un hondureño que no se ha comunicado con su familia y se niega a hacerlo. 

Así es siempre. Los minutos de aparente felicidad en el camión en que viajan las 30 mujeres son interrumpidos por una voz que les cuenta el avance de la Caravana Migrante, un muerto más intentando llegar a México, la necesidad de bajarse a alzar la voz; pero ellas saben que para eso cruzan el país: para buscar. 

Para ellas el llanto de contar las historias de su ser querido, se entrecruza con la risa al narrar como alguna se quedó encerrada en el baño del hotel en Frontera Comalapa. 

La rabia y el dolor que les produce saber de cómo se atiende a las personas que buscan entrar a México, se entrecruza con la felicidad y esperanza que les da saber que alguna de ellas ya encontró a su familiar. 

El cansancio y el dolor físico del viaje, lo hace con las risas que provocan las palabras regionales de cada país. 

Así pasan las horas, los días, los kilómetros, mientras en cada lugar que llegan muestran las imágenes de sus seres queridos y de cientos más cuya familia no pudo viajar, esperando obtener una pista que los lleve a algún día no tener que viajar buscando.

Violencia de género separó a nicaragüense de su familia

//Por: Alicia Osorio//

La Concordia, Chiapas.- Huir de la violencia que ejercía su pareja, le costó a Martha perder contacto durante varios años con su familia. 

Ella es originaria de Nicaragua, de donde salió hace 12 años como ahora lo hizo la Caravana Migrante de hondureños. Se estableció en Guatemala y mantenía contacto por teléfono con Juliana, su mamá. 

Allí se casó y tuvo una pareja, de quien recibía maltratos y golpes, por eso cuando una conocida le dijo de migrar hacia México decidió emprender el viaje y huir de la violencia familiar.

“Vivía en Guatemala, tenía mi marido en Guatemala y ella lo sabía muy bien, pero el hombre me daba maltrato después que vino de los Estados (Unidos) y yo me vine con otra amiga que nos dijeron que nos fuéramos para adelante”, contó. 

En el viaje Martha Munguía lo perdió todo. No tenía ningún número de teléfono a donde llamarle de nuevo a su mamá y no podía volver a su tierra. 

“No tenía número de mi mamá, tenía tiempo de no verla pero en Jaltenango me encontré con él, con Rubén (Figueroa, integrante del Movimiento Migrante Mesoamericano), le comenté y me hicieron el favor”, indicó. 

Su sueño era llegar a Estados Unidos, pero pronto se dio cuenta que el viaje implicaba muchos riesgos pues como migrante estaba a expensas de los retenes migratorios de las autoridades y de las actividades delictivas del crimen organizado. Se estableció en La Concordia, un poblado de Chiapas donde rehizo su vida.

El tiempo para Juliana Medina, en Nicaragua, tampoco fue fácil. Sin lugar a donde acudir a buscar, solo preguntaba a quien creía le pudieran pistas, sin éxito alguno.

Un buen día, el Movimiento Migrante Mesoamericano llegó a su casa, la que Martha les había dicho donde estaba, y le preguntó si tenía una hija desaparecida.

“Le preguntaba a muchas personas si alguien la conocía pero nunca me daban razones de ella, hasta que llegaron los del movimiento”, indicó. 

Entonces sucedió el milagro. Ella viajó a México con la Caravana de Madres Migrantes que buscan a sus familiares desaparecidos en la ruta migratoria. 

Un humilde casa blanca recibió a Juliana, donde la esperaba su hija y llegó el abrazo prolongado por tantos años. 

Centroamericanas llegan a México a buscar a sus seres queridos

//Por: Ana Alicia Osorio//

En el territorio mexicano, ese al que miles de centroamericanos intentan entrar, hay miles de personas (70 mil según el Movimiento Migrante Mesoamericano) de Honduras, Guatemala y El Salvador que desaparecieron cuando intentaban atravesarlo.

A ellas las busca su familia para quienes Mexico es sinónimo de peligro. Por eso hoy llegó una segunda caravana: la caravana de madres migrantes.

La nueva caravana son cerca de 30 personas, en su mayoría mujeres, que cruzarán por Talismán y recorrerán la ruta migratoria en estados como Chiapas, Tabasco y Veracruz, donde harán mítines y labores de búsqueda. 

Esta nueva caravana es independiente de la Caravana Migrante, conformada por 7 mil hondureños y hondureñas, para quienes México se ha convertido en su esperanza de llegar al país del norte. 

Esta caravana de mujeres buscadoras será cubierta por Testigo Púrpura, exclusivamente en el @testigopurpura