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“Mamá no estés triste, vas a encontrar a mi papá”

//Por: Ana Alicia Osorio//

“Mamá no estés triste, vas a encontrar a mi papá”, “Él va a venir y lo conoceré”, fueron las palabras que le rompieron el corazón a  Martha cuando las escuchó de su nieta de casi seis años, el mismo tiempo que su hijo (y papá de la niña), Luis Alberto, tiene desaparecido. 

“Y yo siento feo, porque pienso, como la sangre llama. ¿Cómo lo puede querer? Si no lo ha visto”, cuenta Martha González Menéndez. 

Su hijo desapareció cuando su nieta aún no nacía. Nunca lo ha visto. Quién se lo llevó de la patrulla de la Policía Municipal de Úrsulo Galván donde trabajaba (policías estatales según los testigos), también se llevó la esperanza de la niña de conocerlo.

El 11 de enero del 2013 ocho policías municipales fueron desaparecidos. Sus familias aún los buscan y sus hijas e hijos son víctimas de burlas y bromas pesadas, cambiaron su vida por completo, los extrañan.

Sus mamás o abuelas los crían solas, no por elección, sino como consecuencia de la violencia que se vive en la entidad veracruzana.

“A mis niños le decían que los habían matado, que los habían destazados, que los habían usado de carnada en el mar, que los habían usado como carnada para pescar, que los habían quemado, pozoleado”, cuenta Marisela, esposa de Aureliano Sánchez, uno de los ocho a quienes se llevaron ese día. 

A ella le ha tocado enfrentar la búsqueda de su esposo, una mudanza forzada porque su arrendador no creyó que sola pudiera pagar la renta, llevar el sustento a la casa y criar a sus dos nietos que habían adoptado ella y Aureliano. 

Además de apoyar a su nieto (que quiere como hijo) Ithan, que a sus nueve años, las burlas y la violencia le causaron estragos. 

“Empezó a cortarse, empezó a sentirse impotente, pequeña cosa, complejos de inferioridad (…) se cortaba los brazos, las piernas, el pecho, fue una situación tan difícil que yo temí por su integridad”, contó. 

Hoy, seis años después, Ithan ha mejorado su estado emocional y estudia la preparatoria, pero ha tenido que buscar trabajos temporales pues a su Marisela no le alcanza el dinero para poder darles estudios: el sueño que siempre tuvo Aureliano. 

Pero tras seis años, las mujeres no han visto justicia, no han encontrado a sus seres queridos. 

Algunas encontraron un trabajo para tener recursos económicos, otras están entregadas por completo a encontrar a su esposo o hijo, aunque sea entre las fosas clandestinas. La mayoría hace las dos cosas al mismo tiempo.

“Dejaron de ir a sus partidos de fútbol porque papá ya no estaba y mamá tampoco pues andaba buscando a papá, dejaron todas sus actividades, esa personas que nos hicieron esto, no tienen la menor idea de cuanto daño nos hicieron”, contó Rosario Sayago Montoya sobre sus hijos. 

Ella, como las otras siete esposas y la mamá de los policías desaparecidos, buscan poco a poco integrar a sus hijos e hijas a las actividades regulares para su edad, pero siempre combinadas con las labores de búsqueda que realizan.

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El doble trabajo sin paga de las buscadoras

//Por: Alba Valdez//

Cuando a los hijos de Yelitza de 9 y 11 años les preguntan en la escuela a qué se dedica su mamá, ellos responden “Es ama de casa y buscadora”

Yelitza Cruz Gómez de 28 años, es integrante del Colectivo El Solecito de Veracruz, un grupo de mujeres que con sus propios medios buscan sus familiares en fosas clandestinas, pero como la mayoría de las que integran el colectivo, tiene una doble jornada no remunerada: buscadora y ama de casa. 

Todos los días se levanta a las 5 de la mañana para acudir al lugar de las búsquedas, antes de tomar el transporte público deja listo los uniformes, el desayuno y los trastes limpios; para después tomar una varilla y una pala que serán sus herramientas de trabajo durante las siguientes 7 horas bajo los 33 grados de calor en el Puerto de Veracruz. 

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Del dolor a la lucha

//Por: Ana Alicia Osorio//

Su paso es lento pero decidido. Su voz es tenue pero certera. En la búsqueda ha encontrado fortaleza, conocimientos y la forma de hacer escuchar las exigencias que por años guardó en su corazón. 

María Hernández Torres tiene 21 años y se dedica al trabajo doméstico tanto ajeno como en su propia casa, por lo que todos los días a las 5:30 de la mañana debe estar en la vivienda donde trabaja para sus labores y al terminar trasladarse a la suya para atender a sus dos hijos, aunque en unos cuantos meses serán tres. 

Cuando su hermano Juan Hernández Torres le dijo que se iba a Estados Unidos ella tenía apenas 10 años, la esperanza de todos es que con el dinero que él lograra María y sus hermanas estudiarían.

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La otra cara de la búsqueda

//Por: Ana Alicia Osorio// 

Una cumbia suena y uno de los reporteros que acompaña la Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos no duda en sacar a una de las integrantes a bailar. 

Pronto muchas lucen sus pasos a medio salón, tanto que las mesas donde les dieron de cenar las voluntarias religiosas de Atitaquila en Hidalgo, deben moverse para hacer espacio.

Los aplausos y el “eh – eh-eh” pasan de la cumbia, a la víbora de la mar, al no rompas más que solo saben bailar las y los mexicanos. Ellas bailan, muchas con las fotos de sus seres queridos colgadas en el pecho, muy cerquita de su corazón. 

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