Soy Ana, viví depresión: esta es mi historia y la de un sistema jodido

Por: Ana Alicia Osorio

La depresión no es un meme. La depresión no es un chiste. La depresión no son mensajes esperanzadores con fotos blanco y negro. La depresión no es tristeza. La depresión no es inspiradora. La depresión es algo que te consume y aunque estoy segura que todas la vivimos de forma diferente, ahora quiero contar mi experiencia.

Evitemos el “pobrecita”, evitemos el “pero saliste adelante”, evitemos el “eres fuerte por decirlo”, evitemos el “échale ganas” que con otras palabras tanto corre en redes sociales. Centremos la discusión en un sistema jodido, un sistema que nos necesita funcionales, un sistema donde estar ‘sana’ cuesta dinero (mucho dinero) y cuesta mucho más allá que eso.

Hace siete años fui diagnosticada con trastorno depresivo que con medicamentos se controló. Nadie me dijo que era insuficiente y que la terapia era básica  (porque a las mujeres nos medican sin importar más, dos chochos y te debes sentir mejor). Hace dos y en medio de una pandemia mundial que nos dio en la torre a todo el mundo, recaí.

Intentar describir lo que sentía en ese momento sería inútil porque nadie que no lo haya vivido podría entenderlo: el vacío, porque lejos de lo que se cree no sentía tristeza simplemente yo no sentía nada; las crisis de ansiedad donde temblar, dejar de respirar, llorar hasta que sentía que no podía más; soledad; hartazgo; cualquier combo de sentimientos negativos que puedan imaginar.

Jamás sentí que me iba a morir en una crisis pero sí lo deseé miles de veces y tanto lo deseé hasta que un día intenté hacerlo.

La depresión (trastorno mixto ansioso depresivo, según el diagnóstico de mi psiquiatra) provocó muchas cosas en mi. Mucho tiempo le eché la culpa de haber perdido mucho: me alejé de mis amistades, me alejé de mi familia, tuve que dejar de trabajar un tiempo y alejarme de hacer entrevistas ‘sensibles’ (¿se imaginan el peso emocional que como periodistas recibimos entrevistando a víctimas de violencia? imposible hacerlo). La culpé de no haber podido cursar la maestría que deseaba y en la que quedé (porque apliqué y quedé en primer lugar, sí lo presumo).

Y no romanticemos, la depresión no me enseñó a valorar la vida o lo que tenía que hacer para mejorar. No es que esos malos momentos hayan dado paso a los buenos.

Pero ¿saben que sí me enseñó? Que estamos en un jodido sistema donde una persona que no cuenta con los recursos económicos suficientes no puede pagar una buena terapia (y no es que yo tenga mucho y comercial, apoyen a Testigo para que pueda seguir pagándolo). Estamos en un jodido sistema que sacar una cita en una institución pública es imposible, donde el IMSS (que yo ni tenía) no tiene todos los medicamentos que puedes necesitar en tu esquema y te debes conformar con lo que haya y no con lo mejor.

Estamos en un jodido sistema que tiene un ritmo de vida que es difícil de llevar para una mujer neurodivergente como yo y que no me queda de otra más que aprender a frenar de vez en cuando (y apechugando las consecuencias).

¿Eso se puede cambiar? No lo sé, pero debemos exigirlo. Porque (desde mi perspectiva) el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión debe dejar de ser frases bonitas y un echaleganismo disfrazado de ‘yo te entiendo’ o de intentar explicar teorías psicológicas que ni siquiera comprendemos.

Sí, estoy mejor. Parte se lo debo a mi lugar privilegiado. Sí, he hecho todo lo posible porque así fuera: psiquiatra, psicóloga, medicamentos tomados a sus horas, aprender técnicas de cuanta cosa, buscar hobbies, cambios en mi vida, un tiempo hasta hacer ejercicio (un tiempo, la vida fitness como que no se me da). Sí, gran parte se lo debo a mis seres queridos, esos que a cualquier hora están ahí y que no importa cuanto les repita lo mismo, siempre están disponibles para escuchar.

Hay días difíciles aún y hay días que la depresión se ve como parte de mi historia. Hay días que comparto chistes y hay otros que me enojo porque la gente no entiende.

No sé como cerrar esto. No sé escribir de manera personal. Pero quisiera decir GRACIAS: a mi familia que me ha tenido paciencia aun cuando me aíslo, a mis amistades que han estado siempre allí, a quienes les agarro de saco de box, a mis fuentes que me comprenden cuando retraso los textos y a mi entorno que ha ayudado que hoy pueda estar viva y con gana de seguir viviendo.

Esta es una columna por lo que los comentarios emitidos en este espacio son el punto de vista personal de su autora.


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