Columna x2

Querida Ana:

Te escribo después de mucho tiempo. No es que esa fuera mi intención, es que la vida se me iba muy rápido, pero al mismo tiempo me resultaba interminable. Enfocada en lo mío transcurrían las horas, los días y al parecer, las semanas, todo casi sin que me percatara de qué día de la semana estaba viviendo. En fin, ese es el pasado, la Amanda del futuro ya está aquí y ahora, escribiéndote con mucho amorts, con las pilas recargadas, después de una muy necesaria pausa para respirar profundo y soltar para agarrar mejor. Agarrarnos con fuerza y no soltarnos 

Ahora bien, de qué va esta columna amada y fieles lectoras, hay tanto que quiero contarles, pero empezaré por “lo simple”, por lo que está de moda, de lo que muchas tenemos en común, MENSTRUAR. 

La menstruación es para mí El Evento, hasta el día de hoy ha marcado pauta en mi vida, en mi día a día, en mi mes con mes. Si lo soy, soy una fanática de la menstruación -ja ja ja- menstruación, menstruar, menstruante. Sangrante  -ha ha ha- claro que amo la palabra en sí misma, fuerte, clara, complicada de pronunciar y al mismo tiempo mágica, la siento tan mía, que hasta parece el inicio de conjuros y hechizos. 

Desde que tengo uso de razón, la amo, soy -somos- de una generación distinta, a la que no le hablaron desde un enfoque que juventudes, ni feminista. Donde la educación integral en sexualidad, vaya, ni existía. 

Aun así, y con todo el tabú encima, recuerdo cómo fue la primera vez que intuí que la menstruación existía, era pequeña, una niña, inocente y dulce, una infancia en su esplendor. Recuerdo que estaba en el patio de juegos – el siempre político espacio de juego, el primer espacio público que recuerdo- unas chicas más “grandes” hacían bolita para compartir sus cosas en común, las miraba con admiración y curiosidad, ellas reían y cuchicheaban. Allí fue cuando por primera vez sentí la magia, estaban hablando de algo “secreto, importante”, las delataban sus movimientos, la actitud de complicidad, las risitas nerviosas y claro, los “secretos”. Como sombra cautelosa me acerqué a ellas casi hipnotizada y alcancé a oír un par de palabras que me resultaron un sin sentido “es como te abrieran una llave de agua y todo saliera de golpe” todas asintieron como si esas palabras tuvieran todo el sentido del mundo, entonces les pregunté de qué hablaban, al percatarse de mi presencia, la atmósfera de misterio y complicidad se esfumó, me dijeron que ya lo averiguaría cuando fuera grande y después se dispersaron. Ahí me quede yo, toda pequeñita, inocente, y ahora confundida e intrigada. No lo sabía entonces, pero poco a poco estaba creciendo. Después de eso no recuerdo jamás haber tenido una conversación con alguien sobre menstruación, pero sé que con retazos de pequeñas conversaciones logré entender másomenos de que se trataba. 

Pasaron los años y la menstruación no llegaba, una a una, la mayoría de mis amigas iba menstruando, cada experiencia era distinta, supongo que era difícil para todas, no hablaban mucho del tema, seguía siendo un secreto. 

Un día de segundo de secundaria, casi a los 15 años, muy temprano por la mañana, al despertar para ir a la escuela “llegó” la mancha roja, tan temida por casi todas, estaba ahí, yo estaba ahí sangrando y brincando de emoción, me inundó una felicidad inaudita, corrí a decirle a mi madre, yo no cabía en mí del ímpetu y de la emoción, pero mi madre estaba triste, esa noticia la cubrió como una nube gris que jamás le había visto, mezcla de preocupación y tristeza. Qué pasa mamá, le pregunté, ella muy triste, me dijo que ya era una mujer, no entendía nada, porque esa afirmación parecía más una sentencia, una maldición, y cómo que sonaba a que apenas me había convertido en mujer, aunque siempre lo había sido. En fin, muy confundida, me mandó a la escuela con una toalla gigante de ella y muy emocionada, esperaba encontrar en mis amigas, las cómplices qué necesitas. 

Si hubo alboroto, pero también un mundo de recomendaciones, aprendí que nunca nadie debe ver que llevas toallas sanitarias, que lo peor que te puede pasar es mancharte, porque la sangre resulta sucia y desagradable, que la menstruación duele y mucho y eso está “bien”, que nadie debe saber que menstrúas, que el SPM -síndrome premenstrual- es la locura, que nuestro carácter se vuelve incontrolable y molesto, nos vuelve “malas”, que debo esconder mis deseos carnales porque al igual que mi sangre, esto es sucio e indigno de una mujer “limpia” y “pura”, que es horrible y un castigo por ser mujer. 

Pa´ acabar pronto, fue un choque para mí tanta información, claramente el mundo y yo no veíamos la menstruación con los mismos ojos. El mundo la ve como el origen de todos los males, y no nos enseña a abrazar la noción de que somos cíclicas, que nuestra naturaleza es como la luna, que nuestra sangre es vida, que somos más fuertes, y que debemos saber oír a la cuerpa, ella nos dice qué necesita, que es hermoso vivir en armonía, y que nos acompaña toda la vida este ciclo, aunque cambié, y que hay que beber agüita cuando hace calor y hacer un poco de ejercicio para mantener una cuerpa sana.

La vida transcurrió por muchos años más y trajo muchas otras historias más, pero esas se las dejo para la siguiente edición. 

Con cariño 

Amanda V. 


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