Del “amiga date cuenta” a las razones por las que seguimos en relaciones violentas

//Por: Mariana Herrera/Ana Alicia Osorio//

Hasta cierto punto todavía creo que fue mi culpa, no lo he sanado del todo” esas son las últimas palabras que se quiebran en la voz de Fryda después de recorrer las memorias de aquella relación que estuvo cerca de matarla.

Todo comenzó cuando tenía 17 años, estaba pasando por un trago amargo en la preparatoria; sufría de bullying por parte de sus compañeros y se sentía aislada, sola, vulnerable. Es aquí donde hizo su aparición el caballero en brillante armadura, Emmanuel, su futuro novio y agresor.


Pareciera que ya se hablado suficiente sobre la violencia hacia la mujer, y en particular la que viven a manos de sus parejas o seres queridos más cercanos, pero en un país donde hubo 940 feminicidios sólo durante el 2020, nos cuenta una historia diferente.  

Percatarse de que se vive violencia no es un sencillo, pues como apunta la psicóloga feminista Lorena Redondo Delgado “la violencia (para la sociedad) está normalizada, naturalizada y a veces, en muchas ocasiones, justificada”. 

Las raíces de este problema se encuentran tan arraigadas en la sociedad mexicana que datos de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en el Hogar (ENDIREH, 2016) arrojaron que el 47 por ciento de las mujeres en el país manifestaron que en algún momento han vivido violencia por parte de su pareja.


Emmanuel se había convertido en su salvador, un joven que la protegía de los malos comentarios, que la cuidaba de las malas compañías y que le dedicaba cada segundo de su tiempo; parecía que ya no necesitaba nada de nadie más, en él Fryda había encontrada un amigo, una pareja, un protector y un salvavidas. 

¿Y qué si se ponía celoso de sus amigos? Así eran todos los hombres y sólo era una muestra de lo protector que era, Fryda lo amaba y si necesitaba tomar distancia de ciertas personas para hacerle feliz, era un pequeño precio a pagar. ¿Y qué si le revisaba los mensajes y a quién se los enviaba? Después de todo la comunicación es importante para mantener una relación sana y Emmanuel se lo repetía todo el tiempo, ella lo necesitaba y él la amaba. 

Fryda no se dio cuenta de que había algo preocupante sobre Emmanuel hasta casi un año y medio después; cuando ya compartía un techo con él.


34%

No denunciaron porque restaron importancia

19%

No denunciaron por miedo

14%

No denunciaron por vergüenza

De acuerdo con Ana Yeli Pérez Garrido, asesora jurídica del Observatorio Nacional del Feminicidio, aunque socialmente se cree que las mujeres pueden decidir salir de una dinámica de violencia de un día para otro, en realidad la situación es mucho más complicada:

“Salir del círculo de violencia tiene distintas implicaciones (…) una mujer que tiene daño es difícil que tenga las herramientas necesarias o suficientes para tomar la decisión de manera contundente

Este llamado círculo de violencia es un proceso de violencia cíclica, donde las mujeres comienzan a experimentar violencia intercalando con periodos de calma y afecto (luna de miel), lo que provoca que sea más complicado salir de ese ciclo.

El reflejo de esta situación puede observarse en las cifras de ENDIREH (2016), pues solo el 9.4 por ciento del total de mujeres que han sido violentadas solicitaron apoyo; aquellas que no lo hicieron consideraron entre las razones más recurrentes que era algo sin importancia (34 por ciento), tuvieron miedo de las consecuencias o amenazas (19 por ciento), sentían vergüenza (14 por ciento) o sintieron que no les iban a creer o las iban a culpabilizar (11 por ciento).

Esta falta de herramientas para identificar que se está viviendo violencia y salir de ella, es influenciada por las creencias sociales alrededor de las relaciones y el papel que se les asigna a las mujeres.

De acuerdo con la psicóloga Redondo, socialmente se pone en ellas el peso de la responsabilidad de ser tratadas con respeto, librando a los hombres de las consecuencias de su comportamiento y situaciones emocionales.

“Desde que nacemos el mensaje que estamos recibiendo por todos lados es que pues en el caso por ejemplo de los hombres, ellos se pueden portar de manera agresiva, de manera violenta, quien lleva el control, quien ejerce la autoridad, quien debe ser el proveedor, etcétera, etcétera, entonces creo que esto es lo que precisamente dificulta que podamos reconocer o hacernos consciente cuando estamos viviendo una situación de violencia


“Cortar las redes de apoyo es una forma de ejercer la violencia contra las mujeres”

Ana Yeli Pérez Garrido, asesora jurídica OCNF
infografía de las redes de apoyo hacia las mujeres que viven algún tipo de violencia de género

Fryda no sabe exactamente cuándo fue que comenzó a sentir que perdía la cabeza; quizás cuando se mudo con Emmanuel y dejó de ver a su familia porque no quería hacerlo enojar, o tal vez fue cuando los insultos comenzaron y los arranques de ira se volvieron el pan de cada día, o quizá cuando se miró aquella noche en el espejo y no reconoció a la persona que le devolvía la mirada, mientras algo dentro de su mente le decía que las cosas no estaban bien. 

Pero… ¿a dónde ir? Podría regresar a casa de sus papás como la última vez, pero sabía que sólo iba a recibir reclamos y malas miradas, y después de todo, en esa ocasión Emmanuel fue por ella y le prometió que todo iba a cambiar, que él iba a ser diferente y que su corazón no le pertenecía a nadie más. Y al ver esas lágrimas recorrer su rostro, lágrimas de lo que se sentía como una devoción total y absoluta, Fryda no pudo negarse y regresó. 

Y, sin embargo, aquí estaba, donde la dejaron encerrada, en un sucio cuarto que ni siquiera era parte de la casa, sintiendo que las paredes se cerraban y que el aire ya no existía, mientras que Emmanuel pasaba tiempo con su hermano mayor que había venido de visita: un militar honrado para quien era intolerable e inadmisible que su hermanito menor estuviera ya viviendo con alguien. 

Encerrada, en lo único que podía pensar era en cómo ese amor intenso y devoto se le escurría de las manos, estaba segura de que Emmanuel la estaba engañando con su exnovia a pesar de que él lo negara rotundamente y le dijera que estaba loca, que eran ideas que creaba su cabecita enferma y que solo era una prueba de lo mucho que lo necesitaba en su vida porque ¿quién iba a querer a una mujer tan loca y dañada como ella?


Como bien señala la asesora jurídica Pérez Garrido “el aislamiento de las mujeres, cortar las redes de apoyo es una forma de ejercer la violencia contra las mujeres y a veces violencia feminicida”. Sin embargo, este aislamiento de las personas que podrían resultar en redes de apoyo para la víctima no sólo es ejercido por el agresor, sino que muchas veces, los mismos círculos cercanos perpetúan situaciones donde se tolera y acepta como algo normal la violencia que se ejerce sobre las mujeres, pues se cree que la violencia entre pareja es una situación a puerta cerrada, que solo le corresponde a los involucrados arreglarla.

Los juicios sociales con los que se apunta a las mujeres que se encuentran en una situación de violencia como “esta ahí por que quiere” o “le gusta que le peguen”, no son hechos aislados, así como tampoco las 3 millones 123 mil 109 mexicanas en pareja que piden permiso a su esposo a pareja para trabajar o estudiar y 2 millones 887 mil 982 para salir de su casa (ENDIREH, 2016), son situaciones que se alimentan la una a la otra y que dan pie, de acuerdo con Garrido, a una indiferencia por parte de las autoridades en los casos que sí llegan a una denuncia:

Encontramos a servidores públicos que son indiferentes en el menor de los casos, de ahí para adelante es violencia institucional, culpabilización de las propias víctimas (…) se minimiza, se le cuestiona, por qué no saliste antes, por qué vienes ahora a llorar si aguantaste tanto tiempo si dices que tienes 10 años de casada, hay un cuestionamiento y una culpabilización de la violencia”

La psicóloga Redondo apunta que son precisamente este tipo de circunstancias las que provocan que en algunos casos las mujeres que se encuentran intentando salir de esta violencia, resultan “jaladas” de regreso a la misma, pues hay un sistema alrededor de ellas que en vez de proporcionarle apoyo, la victimiza. 


Aquel día, Fryda había perdido los estribos. Ya no aguantaba los gritos, los insultos, los golpes; así que los regresó. Se defendió como pudo y aventó lo que tuvo a mano; le respondió los gritos a los que tanto se había acostumbrado, mientras veía la ira de Emmanuel desbocarse de sus ojos. 

Todo sucedió muy rápido: un golpe, el piso, el mareo, las rodillas de Emmanuel encima de sus muñecas y sus manos en su boca para que no pudiera defenderse, los gritos, el dolor y después…oscuridad.  

Fryda despertó como a la mitad de un sueño, sentía que alguien sollozaba a su lado mientras la golpeaba en las mejillas para que reaccionara; y al abrir los ojos y encontrarse con el rostro de Emmanuel hinchado por las lágrimas, pudo leer en su mirada lo que ambos pensaron: “Casi la había matado”.

No sabe exactamente cómo, pero Fryda logró levantarse y lo primero que hizo fue marcarle a su papá para que viniera por ella. Cuánto tiempo pasó antes de que la camioneta de su papá se estacionó enfrente de aquella maldita casa, no lo recuerda, pero si algo no puede olvidar es cómo Emmanuel amenazó a su papá desde la puerta de la casa con una navaja y mientras exclamaba que Fryda no se iba a ir y que el señor no tenía nada que hacer ahí, ella se escapaba por la puerta trasera y se subía a la camioneta para jamás volver. 


Fryda volvió a casa de sus papás, pero realmente no se habla de lo que sucedió. Aquel periodo de su vida lo conocen entre su familia como “cuando Fryda se fue de vacaciones” y ya está. Aún así, hubo personas que trataron de ayudarla, como su abuelita, que en las noches de dolor y confusión le decía que todo iba a estar bien, que sus papás la iban a perdonar por lo que había provocado y que pronto volvería a encontrar a alguien que la quisiera como se lo merecía.

Han pasado algunos años y algunas cosas son diferentes, pero algo en Fryda aún duele: “Hasta cierto punto todavía creo que fue mi culpa…es algo que todavía no he sanado” dice con la voz quebrada, pero el semblante sereno y los ojos fuertes.


En un país donde 22 millones 460 529 de las mujeres en declararon que su pareja reacciona violentamente cuando se enoja y de ellas 4 millones 728 mil 292 señalaron que las empuja, jalonea, golpea o agrede (ENDIREH, 2016); como apunta Pérez Garrido, resulta de suma importancia seguir colocando estos temas y cuestionando el ejercicio de la violencia para lograr su desnaturalización:

“Entre más se coloque esto y sea accesible para toda la población pues creo que podríamos modificar nuestro comportamiento hacia la violencia, nuestra pasividad hacia la violencia, debemos asumirnos como corresponsables de esa ayuda, de no permitir que una persona esté viviendo violencia y que no es un asunto privado, si es mi vecina pues tratar de ayudarle porque sí nos importa como sociedad y como la familia y personas más cercanas, reflexionar qué tipo de consejos damos y tratemos de esos consejos no estén cargados de estereotipos, de culpas, que busquemos siempre la integridad y la vida digna de las mujeres


Las mismas frases que escuchó Fryda al regresar a casa y que la persiguieron en pláticas familiares y con sus amistades, fueron aquellas que ella misma se repitió durante años; sí, Emmanuel la había agredido, la había violentado, la había ridiculizado, pero ella se había quedado: “Creo que no lo tenía como que muy consciente, y que por mucho tiempo creí que todo había sido mi culpa”.


Esta es una de las tantas historias de las razones por las que las mujeres no salen de las violencias.

Algunos nombres han sido modificados a petición de las entrevistadas.

Material gráfico realizado por Iván Sánchez

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