Era mi familia… violencia sexual en casa

//Por: Mariana Herrera//

Se ha modificado el nombre de las entrevistadas en algunos testimonios a su petición.

Las palabras se amontonan en la voz de Jeniffer, suben por su garganta y se atoran en su boca, y cuando las deja salir, las palabras corren y se golpean la una a la otra en confusión, esa misma confusión que sintió Jeniffer cuando revive aquella tarde en la que su primo se sacó el pene de su pantalón enfrente de ella y le dijo “Mírame, tócalo”. Esa confusión, mezclada con miedo y dolor, al tener que guardar silencio para no provocar un problema con su familia. Esa confusión que la acompaña, y no la abandona, cuando se pregunta así misma, una y otra vez “era mi familia…¿por qué me iba a pasar algo ahí?”.

La violencia sexual es un problema profundamente arraigado en México, y de acuerdo con diversos organismos nacionales, la violencia sexual intrafamiliar es una de las menos visibles, pues al ser cometida por una persona dentro del entorno más cercano (como un padre, hermano, tío, primo, etc) entra en conflicto la dinámica entre los miembros que se supone deben desempeñar una labor de confianza en el hogar.

“era mi familia…¿por qué me iba a pasar algo ahí?”

Jeniffer

Las cifras, de acuerdo con Panorama nacional sobre la situación de violencia contra las mujeres 2020 (INEGI), revelan que 528 mil 212 mujeres han experimentado algún acto de violencia sexual por parte de algún familiar; siendo los más comunes: manoseo, tocamiento, besado o se le han arrimado, recargado o encimado sin su consentimiento y un poco menos de la mitad los casos de intentos de violación o violaciones. 

Karla tenía 7 u 8 años, sinceramente no lo recuerda con claridad. Lo que sí recuerda  es que era su tercer año en la primaria y que siempre estaba haciendo algo; sus maestras la describían como una niña sumamente aplicada, activa, participativa, alguien que disfrutaba de sí misma. Pero en algún punto del ciclo escolar, Karla comenzó a cambiar su comportamiento, ella no se había dado cuenta, pero una de sus profesoras sí.

Aquel día la retuvo durante el recreo y le preguntó si algo le molestaba. Para Karla era difícil explicarlo. Muy dentro de ella sabía que lo que estaba sucediendo con su padrastro no estaba bien, que había algo malo, pero no sabía poner en palabras por qué.

De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (2016), los principales perpetradores de violencia sexual hacia las mujeres son tíos, primos, otro familiar y hermanos.

Verónica Losada y Rosaura Jursza plantean en “Abuso sexual infantil y dinámica familiar” (2019) que en esta violencia particular dentro del núcleo familiar, se establece una relación no sólo de agresión hacia la víctima, sino también de poder. Pues el agresor manipula el vínculo familiar usando el poder que le da su rol como integrante de confianza, para extender esta agresión con el tiempo e intimidar a la víctima para que guarde silencio.

“Mi mamá no me creyó” las voces de Jeniffer y Karla son diferentes, pero aquella pausa después de recordar, es muy similar. Es una pausa que engloba las dudas, un poco del remordimiento, la inseguridad y sobre todo el dolor de que la violencia que vivieron pasará a ser secreto de familia.  

De acuerdo con Minerva Jara, psicóloga de la Colectiva Sororidad SÍ cuando este tipo de violencia se presenta en el núcleo familiar, se genera un impacto muy grande en la estructura mental y emocional de la víctima, pues al ser el agresor de un círculo tan cercano, se espera protección, afecto y seguridad.

Jara menciona que el agresor es una persona, que como un depredador a su presa, va fabricando la manera de ir engañando y acorralando a su víctima, de modo que ésta no tenga defensas ni salida, haciéndole creer que está cooperando, que la violencia que están ejerciendo sobre ella es una situación que está eligiendo y que va generando en la víctima sentimientos profundos de culpa y de vergüenza.

Daniela lo recuerda bien; era un hombre de Dios, su espacio seguro, aquel que la había ayudado en sus momentos de crisis durante la escuela. Su mamá le tenía una confianza ciega, era prácticamente de la familia. Dani recuerda que todas las niñas en el curso de la iglesia querían ser su favorita, sentirse cobijadas y vistas, pero nadie sabía lo que implicaba realmente ser considerada su favorita. Recuerda cómo le tocaba sus piernas y también como la besaba, junto con la confusión y el miedo que experimentaba. Era su mayor secreto.

Este tipo de relaciones que se establecen entre víctima y victimario, pueden ser denominadas “relaciones hechizo”, que consisten en tres etapas: 

  • Efracción: la acción de traspasar los límites personales de la víctima, de manera física o psicológica.
  • Captación: que es la manera en la que el agresor se apropia de la víctima captando su confianza, reteniendo su libertad pero haciéndole creer que es decisión propia.
  • Programación: donde la niña o el niño ya tienen ciertas actitudes, comportamientos o acciones predispuestas mientras ocurre el abuso, pues durante el proceso aprendería a cómo actuar en el mismo y quedaría atrapado en la dinámica.

Datos del INEGI (2020) nos dicen que las mujeres que experimentaron violencia sexual en el ambito familiar, reportaron un 58.7 por ciento  un acto violento, el 20.6 por ciento dos actos violentos y el 20.7 por ciento de tres a cinco actos violentos.

“Por mucho tiempo pensé que si dejaba de pensar en ello, sería como si no hubiera pasado”

Daniela

La cultura del secreto, de acuerdo con la psicóloga Jara, es una combinación de varias situaciones que han generado un problema muy grave en nuestro país; desde una cultura donde la familia no está acostumbrada a compartir experiencias, una relación entorno al secreto familiar y lo que pertenece a la vida privada, sumado a la poca respuesta de las autoridades y de la justicia para resolver casos de esta naturaleza, son los que crean un ambiente poco empático con las víctimas para reconocer la violencia que viven.

“Por mucho tiempo pensé que si dejaba de pensar en ello, sería como si no hubiera pasado” dice Daniela con la voz pausada, pero sí sucedió, así como a Jeniffer y Karla y a las 528 mil 212 mujeres en el país que no pudieron ser protegidas dentro de su propio hogar. 

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